>Diferencias / Ivan Guarnizo

Qué grande es la diferencia que hay entre un pozuelo solo y uno abandonado, y entre un toro muerto y otro asesinado, o entre emigrar y exiliarse... Tal vez nos surja una respuesta rápida, de cajón, de lo que hemos leído, escuchado, o incluso de lo que hemos vivido. Pero, ¿cómo formalizarlo? ¿Cómo explicarle a un lienzo la diferencia? Es la diferencia que hay entre la nostalgia y la rabia silenciosa, entre la sangre de un matadero y una masacre sin más. O entre un pozuelo solitario en un potrero gigantesco, porque es mediodía y el ganado está guareciéndose del sol bajo la frondosidad de los árboles, y uno abandonado, porque ya no hay reses ni hombres que lleven a pastar su ganado cerca. Ese pozuelo que sólo existe ya como un recuerdo, tamizado por los días, por un océano, y - por qué no - por el olvido, mezclado con el metro de Argüelles o un banco en el Retiro. Quizá sea mejor no decírselo a un lienzo, sino a una tabla, a un pedazo de madera: el material con que se fabrican los pozuelos, los botalones, los postes de las cercas, los mangos de las hachas. Un material que se consume bajo el fuego (intencionado o no). Un material que, justo antes, era la estructura de un establo o una canoa... ¿Cómo decírselo a la tabla?

Felipe le cuenta esa diferencia a través de una dialéctica en las tonalidades del color. De un lado, los negros, ocres, y grises le hablan de las oscuridades del recuerdo. Pero hay que tener en cuenta que es oscuridad en tanto refugio y protección, donde aquellos recuerdos permanecen inviolados (que es diferente a vírgenes, puesto que los ha amalgamado con toda su experiencia posterior, transoceánica), y no una oscuridad truculenta y perversa. Por eso no es casual que la mayoría de las obras presentadas en Tormenta Calma tengan como escenario la noche. Y, aunque a algunas no se las pueda situar en un momento concreto del día, siguen estando en lugares oscuros, ajenos de luz, opacos. Del otro lado están el rojo, toda la gama de los naranjas y el fucsia - pero sobre todo el rojo - que hablan de intrusiones: de ésa más evidente, formada por ríos de sangre no deseados, y de otra más imprecisa, inclasificable, pero igualmente violenta. Estos colores van invadiendo la oscuridad no sólo en forma de sangre o fuego, sino también como objeto objeto intruso - que va iluminando con luz implacable ese refugio de oscuridad. Van entrando tímidamente a veces, apenas un pequeño trazo, pero otras cobran más poder en el conjunto de la composición hasta llegar a dominarla, a desplazar a la oscuridad, y la claridad, entonces, se muestra a través de un filtro rojizo, perturbador.

Su gusto por trabajar con el dibujo, sin embargo, no permite nunca que las imágenes se desfiguren. Como una centrifugadora de la memoria, Felipe acude a un recuerdo propio o ajeno, pero siempre cercano - como los de su padre* - para encender el trazo que empieza a parir texturas, líneas, volúmenes y, en última instancia, dibujos más concretos. Trazo que en Tormenta Calma ha llegado muchas veces a esas reses muertas, o simplemente a partes de ellas, otra manera de evidenciar aquellas diferencias, aquellos dolores. Imágenes que, la mayoría de las veces, carecen de gente, excepto un par. Es así como el dibujo condensa las sensaciones, incluso cuando muestra objetos no reconocibles por los “blancos”. Y es que estos dibujos se refieren de manera concreta y precisa a la realidad, es decir, un objeto o una imagen dentro de un paisaje, como pueden ser un garabato (sí, es un objeto), un rejo o un botalón.

Y bueno, fue esa centrifugadora de la memoria la que generó Tormenta Calma. Todas las obras, aunque tengan una referencia explícita a la realidad, han sido filtradas por esos recuerdos de Felipe activados desde tantos lados, aunque él reconozca dos principales: las conversaciones con su padre, que le relatan la metamorfosis de la tierra añorada, y el trágico suceso que involucra a la madre de su amigo. Felipe me fue mostrando la obra en el mismo proceso de hacerla. Así que pude ver su evolución, y también pude ver el impacto emocional que en mí creó, creo que porque la madre de su gran amigo es la mía propia.