>Un Llano en llamas / Juan Camilo Cano

Desde el centro de Madrid es difícil abrir una ventana a un mundo en donde la civilización es una excepción, un mundo en donde la rueda no es un gran invento, en donde las estaciones no existen, en donde la vida y la muerte juegan todavía con las reglas de la naturaleza salvaje. En ese espacio indómito de grandes extremos y una simbiosis intangible entre el paisaje y el hombre es donde se mueven las imágenes de Tormenta Calma. El título no es sólo un oximoron, no se limita a la figura retórica. Las vertientes de una tensión sin despertar se resienten en las planicies infinitas a la vista del llanero colombiano. El tropel de ganado pastando se desencadena al poco tiempo en estampida, y de la lasitud extrema se pasa a la tragedia y al duelo. Actualmente el Llano colombiano, una región olvidada por jerarcas y recuperada por aventureros, ocupa una quinta parte del país, entre los cerros andinos y la selva amazónica, interrumpida tan solo por los linderos abstractos de la frontera política, y por las vertientes sinuosas de grandes ríos como el agreste Orinoco. Allí el escenario de la civilización choca con los intereses particulares y con las fuerzas naturales. La violencia campea entre fusiles y metralletas, pero la calma reina por obra y gracia de las enormes extensiones. Tantos opuestos juntos conviven también en las imágenes plasmadas por Felipe Barragán en esta exposición, una verdadera traslación de los recuerdos y las realidades actuales desde una mirada particular, la del entorno presente y doliente de las tragedias y las ausencias que se generan por la fuerza brutal de las realidades sociales. El Llano colombiano no sólo es escenario de una guerra abierta entre facciones subversivas, defensivas o gubernamentales. También es la lucha diaria de una superviviencia ardua, la guerra abierta contra la naturaleza que se ama, y el constante desafío frente al dolor de partir y el esfuerzo de quedarse. La experiencia y sensibilidad del artista en este caso logran aunar con destreza y potencia las cualidades de una existencia lejana pero intensa, para hacerlas patentes con el carboncillo y la madera en medio de una urbe europea desatada y compleja, pero que alguna vez también fue planicie y también fue salvaje.